El mito de la redención y el Dios de los filósofos





Por Sergio Fuster

“El Dios de Jesucristo actúa contra la religión, y es que ser cristiano no es huir a otro mundo sino vivir en este”.
Dietrich Bonhoeffer

La inactividad de Dios es un problema insoluble, las religiones con sus dogmas satanizan el mundo poniendo a los demonios como los entes activos en el cosmos, Dios solo intervino en la creación, en la llegada de Cristo y lo hará en lo teleológico. Esto abrió el camino para la concepción de un Dios de los filósofos y un Dios de los teólogos o cristianos. El Dios de los filósofos es el “acto” de Aristóteles, es el fundamento de todo sistema de pensamiento independiente del mito, el Uno, el primer motor, lejano, un Dios que se lo puede buscar sin fe. En cambio el Dios de los cristianos es el Dios de la revelación, el que funda religiones de las formas, se muestra cercano al hombre y se lo presenta con características humanas (amor, sabiduría, poder, gracia, etc.).
Será interesante repasar la idea de Nietzsche con relación a Dios. Su concepción es el de un Dios escondido, finalmente fallecido. Acercarse a Dios es alejarse del ser y el ser es cercano a la voluntad de poder, quizá por ello Heidegger lo incluyó como un filósofo metafísico.
Sin embargo, se advierte que para Nietzsche la metafísica es la decadencia (aun así no pudo escapar a ella en el último período de su pensamiento). Cuando el mundo griego se derrumbó y lo sobrecivilizó el mundo cristiano es allí cuando se expande la metafísica. El pueblo griego no se sintió seguro de vivir en el  mundo de lo real, por ello Patón creó el mundo de las ideas.
Este mal, según Nietzsche, es lo que invadió toda la historia de la filosofía hasta el “espíritu de Hegel, ya que la metafísica lo impregna todo (política, historia, sociedad, religión) y está trasladado a los valores cristianos. Estos en lugar de vivir en este mundo han construido el mundo del más allá. Para Nietzsche el mundo germano estaba invadido del cristianismo que establece “la culpa”. En su “Anticristo” escribe: “El ejemplo más lamentable es este: la ruina de Pascal, que creyó que su razón estaba corrompida por el pecado original, cuando solo estaba corrompida por su cristianismo”.
El hombre debe reconocerse pecador, “malvado”, y junto con la culpa deviene el mito de la redención, “la renuncia al yo violento” a través del acto salvífico. Es aquí cuando se desarrolla la filosofía de la salvación.
La religión de las formas ata al hombre, lo domina -ya sea por la culpa (cristianismo, judaísmo), las castas (brahmanismo) o el sometimiento al poder político (confucionismo e Islam)-, para tal fin en reuniones conciliares. El hombre no es blanco de una culpa como la mancha del pecado (heb. Jat-ta’th), o victima de su nacimiento, sino que es existencialmente  dualista. Las tradiciones místicas lo han expresado muy bien, por ello se apartaron de la religiosidad de las formas en pro de una religiosidad experiencial. En Egipto es Set y Horus, de allí deviene el dualismo gnóstico, en la Cábala Yahvé es claro y oscuro, en Persia es Ormuz y Ariman, en China aparece el símbolo del Yin y Yang. Es interesante detenernos un momento en este emblema, no es lo totalmente malo o lo totalmente bueno, sino el “equilibrio” de ambas partes, la vía intermedia en el budismo como el centro.

Postulamos que el hombre es un ser ambivalente, dentro de su psiquis tiene ambas naturalezas, la sombra como la llamaría Jung o el Id de Freud, esto lo proyecta al misterio, a lo sagrado, a otro ámbito de realidad, como Otto lo expresa “lo tremendo” y “lo fascinante”; por tanto el concepto de Dios funciona como un Supra/Intra Ser, pero lo que lo pone en equilibrio entre el afuera y adentro, entre el bien y el mal es su dimensión espiritual hasta llegar al no/Ser a la nada o el todo.
Lo espiritual es lo etéreo, es el viaje al yo real a través de los falsos egos. No puede ser definido o estudiado por su misma naturaleza, solo puede ser experimentado y manifestado en las acciones. Se ha hablado de él como “aire”, un soplo animador que impulsa nuestros actos, lo incorpóreo que se asocia a una fuente material que nos vivifica, trasciende la percepción física y la razón analítica. Es la idea fundamental y carácter central de alguien que no es. En el hombre es su esencia, quien determina quien es o no es.
El hombre espiritual está consciente de su realidad invisible y se busca a sí mismo, al final de este viaje está el encuentro con Dios, no en otra realidad o dimensión, sino aquí, al final de este viaje está el encuentro unitivo con lo otro o con lo nuestro, eso que llamamos Dios. No en la otra vida o dimensión sino aquí es esta tierra, en esta vida y en su cotidianeidad. Pierde la fe, en el sentido de creencia para adoptar la certeza en el sentido de saber. El hombre espiritual está libre de las ataduras de los dogmas y preceptos de todas las religiones en pro de una vida más plena y holística. Descubre que la redención del hombre está en retornar a la mitología (no el mito como atadura sino como liberación), entendida esta como un desarrollo plenificante y una vida con sentido donde la fe no está inserta en el tiempo histórico ni en el devenir fontanal, sino en un eterno presente sin tiempo, allí en lo atemporal esta Dios, el otro o lo nuestro la nada o el todo.