Revista SuperHombre

Año II - N-6     Marzo 2013
Editor Responsable: Ariel Karpatros
Redacción en este númeno: Graciala Maturo, Eugenio Trías y Sergio Fuster

Poesia y filosofía


Por Eugenio Trias
Homenaje al filósofo español contemporáneo, con motivo de su reciente desaparición física
 



La filosofía usa, como la poesía, la expresión escrita para poderse producir. No basta el habla y el diálogo para consumarse el acto filosófico. O no es eso suficiente (al menos desde Platón). Sócrates es, sobre todo, un personaje de ficción; de la ironía y ficción Platónica tramada en sus extraordinarios diálogos.

La filosofía es literatura de conocimiento. El filósofo es, desde Platón, siempre escritor. La escritura le invade y le penetra. Trama, como pedía José ángel Valente de todo verdadero escritor, relación carnal con las letras. Le importa la disposición de lo que se produce a través del ensayo y estilo, o el marco formal en que se dan en espacio y tiempo los párrafos, los capítulos, las diferentes partes de un texto.

La reflexión sobre lo textual y lo literario no debe sumirnos en el obtuso logro “posmoderno” de un todo revuelto en el cual todo acaba siendo Igual. Lo importante e inteligente consiste en trazar las diferencias y las distancias; las que median, por ejemplo, entre filosofía y poesía. De filósofos y poetas debe decirse lo que Hülderlin expresó en unos versos célebres: “Juntos están, los más amados, en las más separadas montañas”.

En poesía se destaca en primer plano de la composición la musicalidad de la expresión verbal y escrita, las medidas del tiempo, los ritmos, la rima interna y externa, la elaboración de materia fónica, el brotar de las imágenes que a través de explosiones vocales puntuales van surgiendo del cráter lingöístico.

Pero la poesía aspira, igual que la filosofía, a conocer, sólo que con otras estrategias y recursos. En ésta también se produce un escondido trabajo con la musicalidad de la expresión; también la filosofía precisa imágenes y escenarios; la materialidad de la escritura y de la palabra lo exige. Y no existe palabra ni escritura que no se encarne en la materialidad del discurso o del diálogo, o del texto literario.

Pero lo que en primer plano debe promoverse es otra cosa; y esa otra cosa se nutre, como de su naturaleza física, de la imagen y del sonido, pero estilizando ambas hacia una tensión radical de elaboración conceptual.
Por eso en filosofía el ensayo filosófico, cuando lo es de verdad, constituye el género más complejo y expresivo, ya que el ensayo hace tientos con la escritura y el lenguaje, pero siempre dejando que asomen, y finalmente se produzcan, verdaderas formaciones conceptuales. Conceptos sobre algo tan problemático como esos temas que se nos ofrecen en antinomia con toda su carga contradictoria (hombre, mundo, misterio) a los que hizo referencia Kant en su primera crítica.

En torno al enigma de lo que somos, de nuestra propia condición, o de ese hecho asombroso y descomunal que nos hace ser, además de vivientes, también inteligentes (para lo bueno y lo malo), en ese enigma se gesta la filosofía. Se origina, como dijo Platón, con el asombro.

No hay filosofía sin estilo, escritura y creación literaria; pero tampoco la hay sin elaborada forja conceptual que, de alguna indirecta manera, no desprenda “aires de familia” comunes a la buena poesía; no la hay desde luego sin gestación de tramas y urdimbres conceptuales, por mucho que esa retícula de conceptos se halle siempre, a diferencia de la ciencia, al límite mismo de su encuentro con el misterio; y en consecuencia en la frontera misma de lo que puede expresarse y decirse. La tensión es máxima. El fruto es sabroso. Ya que de esa tensión puede surgir el juego lingöístico y conceptual en el cual la propuesta filosófica se reconoce.

Es falso pensar que el concepto, si es permeable a la experiencia humana, o si sabe ser veraz en el registro de los latidos de la vida, reseque la experiencia y la tergiverse; o que sea incapaz de despertar emociones y hasta pasiones. Creo por el contrario que el buen concepto filosófico logra esto con creces. Y por eso el entendimiento cabal de las mejores propuestas filosóficas produce una profunda emoción (estética y pasional).

La poesía puede proveerse de argumentación filosófica para suscitar su despliegue de imágenes, ritmos y rimas (así en los Cuatro cuartetos de Eliot, donde el unísono argumental de una lección filosófica sobre el tiempo permite la conjugación de Muchas Voces; Muchas Voces y Muchos Dioses, como el Mar).

Pero en filosofía la relación se invierte por necesidad; las imágenes, los sonidos, el repicar de la campana (que anuncia un tiempo anterior a nuestro tiempo de vida), todo ello constituye el material verbal sin el cual no puede levantar el vuelo la voz siempre plural, siempre compleja, en que una propuesta filosófica, unitaria y diversificada a la vez, llega a articularse y desarrollarse.

“Julio Cortázar: de los juegos del arte al Gran Juego”.


Por Graciela Maturo

 

 

                                      El artista es el anunciador de una época nueva.

 Juegos, infinidad de modalidades del juego, inundan la creación de Julio Cortázar.   Palindromas, acrósticos, juegos visuales;  juegos  por inversión o sustitución de letras; juegos de alternancia de líneas en el discurso escrito; juegos  lingüísticos, fonéticos, semánticos, literarios. Juegos infantiles. Juegos de azar. Juegos de riesgo. Juegos  de personajes dobles, que bucean en la naturaleza humana. Juegos de máscaras, que ponen sobre el tapete el tema de la identidad. La literatura misma es vista como juego.  Julio Cortázar se inscribe en la doble  modalidad del  genio  intuitivo, que se nutre de su propia experiencia, y a la vez del artista cultivado en la frecuentación de las tradiciones filosóficas, espirituales  y literarias, no sólo de Occidente sino también del Oriente. Entre esos múltiples campos a los que presta atención es preciso considerar el de la ciencia.   En distintos lugares de su obra, medularmente autobiográfica, hace referencia a sus  inclinaciones juveniles, que parecían llevarlo hacia la música y la plástica, hasta que finalmente optó  por la escritura literaria: la poesía, el cuento y la novela se le presentaron  nítidamente como juego   exploratorio de su  tensión   existencial, y como vía de una indeclinable búsqueda de absoluto.

Defiende y aconseja una percepción ampliada  y un cambio de conciencia que permita al hombre la iniciación de una nueva etapa, sin descartar en ella, audazmente,  una  mutación biológica. A esa etapa  apuntaban  expresiones que han sido mal repetidas y aprovechadas como l’ archibras  -que designa un brazo suplementario-  o  tercer ojo , el ojo del cíclope  capaz de la videncia:  alusión al artista-vidente que protagonizó y proclamó.  Son los  dones de un hombre nuevo que no es el sujeto  socialista –aunque pueda incluirlo- sino un hombre en posesión de sus potencialidades, integrado en un Universo inteligente.  El sujeto de la Modernidad, que para Heidegger culmina en el marxismo, ha de ser sustituido – luego de su paso por el Laberinto de la Historia-  por el hombre a las puertas del Reino, que ha logrado la salvación. La propia palabra salvación pertenece a las escuelas espirituales, de lo contrario no tiene significación alguna.  

Cortázar visualiza a los hombres como cronopios y famas, y esto no es un divertimiento. El cronopio, que practica los juegos del tiempo y la eternidad, se rige por las hojas del alcaucil, un  mandala circular para llegar al centro, y no por el mero tiempo cronológico.  Tiene plena conciencia de la insularidad del artista, cronopio irremediable, aunque otorga sinificación especial a los grupos, los conjuntos, los egrégores. Su obra, que restaura fenomenológicamente la correlación hombre-mundo,  gira alrededor de la transformación personal, afirmando en forma implícita y explícita la esencialidad espiritual del hombre,  su potencial no desarrollado, las vías de conocimiento no-racionales, la significación de lo aparentemente trivial o mínimo, la irrupción de la eternidad en la dimensión cotidiana del tiempo.  El diversificado  interés de Cortázar por las ciencias, y a la vez por el mito, el pensamiento complejo,  las mancias y herencias de la Antigüedad,  lo separa de la filosofía llamada pos-moderna.  Entraría en la categoría de Transmodernidad que por nuestra parte hemos atribuido a los latinoamericanos. En él se despliega una  antropología,  una  teoría del conocimiento,  y la  apuesta a una etapa nueva en la historia de la humanidad. Sin alcanzar el nivel profético al modo de Marechal o Juan Larrea,  se halla situado en el mismo camino, el de la poesía videncial.

El autor de Rayuela desarrolla además,  en la novela y en sus notables ensayos,  un plano teórico destacable.  La teoría cortazariana   - que algunos nos atrevimos a tomar en la cátedra como teoría literaria sin más y no como una mera curiosidad en el estudio del escritor - no puede ser avalada desde la teoría del signo, ni prolongada en la semiótica o en  la noción de texto como caja cerrada y dispuesta al análisis.   Cortázar reclama  una nueva epistemología y  un nuevo estatuto de las ciencias del hombre.   
Los maestros que Julio recordaba del secundario eran Arturo Marasso,  instructor en mitos y orfismo, y Vicente Fatone, fundador de los estudios religiosos en la Argentina. Evidentemente, esto dejó una marca en el joven Cortázar cuya obra merodeó siempre la tradición poético-metafísica del humanismo.  Formó parte de aquella famosa generación del 40,  que trae grupalmente a la literatura argentina una posición humanista ya abonada por poetas como Lugones, Banchs,  Marechal, Borges y Molinari.  Eran discípulos de los metafísicos ingleses, de los románticos, de Rilke.  Daniel Devoto,  que también murió en Francia, editó los primeros libros de su amigo Julio Cortázar. Compartían esa orientación órfica que luego se diversificó en Cortázar sin traicionar su raíz originaria, aquella que le hizo repetir con su maestro Arturo Marasso: El mundo era tan solo una música viva...  

Cortázar se volcaría a nuevos lenguajes, pero distante de la   obstinada negación metafísica de Breton y sus discípulos, negación que alcanza algunas excepciones como la final aproximación  de  Breton a la gnosis (Entretiens). Pero Cortázar se halla más cerca de Keats que de Breton, como lo muestra el libro que lo acompañó de por vida y se publicó después de su muerte: Imagen de John Keats.  Cortaba en profundidad lla densidad espiritual de todo mito,  encubierta  por una imaginería de intención didáctica;  supo que el mito, enraizado en antiguos ritos iniciáticos, remite a la inmortalidad del alma, a la metamorfosis  o metánoia  que se produce en la interioridad del hombre,  a la transformación. Es  Dafne convertida en laurel bajo el rayo de Apolo, es el despedazamiento simbólico del dios entre los acólitos.  A través de figuras míticas, la  eternidad emerge en el tiempo,  y esta epifanía se halla presente en cuentos como  La isla a mediodía, El ídolo de las Cícladas, Las ménades, El otro cielo.   No es extraño que nuestro autor haya tomado contacto con escuelas místicas, esotéricas, ocultistas, que se haya interesado por Gurdjeff o explorado  el budismo zen.  Sus enemigos filosóficos son  la lógica aristotélica, el racionalismo y el positivismo que sostienen  la suficiencia del burgués, la conformidad de algunos artistas más famas que cronopios, y la cartilla de algunos presuntos revolucionarios.  

.  El sujeto-artista es omnipresente en la creación cortazariana. Me detendré  en algunos ejemplos, a fin de ofrecer en síntesis cierto panorama demostrativo de su poética lúdico-metafísica. En su extraordinario cuento o nouvelle El Perseguidor,  el sujeto creador encarna en la figura de un artista miserable, drogadicto y solo en un altillo de París, que sin embargo es dueño de los juegos del tiempo, el recambio de lo efímero por lo permanente. Otro personaje, ya directamente autobiográfico, es Lucas, uno de los tantos personajes en que el autor se retrata (Un tal Lucas).  Lucas-Cortázar es  el cronopio,  el que juega con el azar, navega contra la corriente y lucha contra la hidra.  Es Johnny, Oliveira, Traveler, el steward Marini, Lucas, Persio, el Citarista...también Morelli y Emanuel.

 “La isla a mediodía” pertenece al libro Todos los fuegos el fuego. Es uno de los cuentos de Cortázar que objetivan el desdoblamiento interior y la unificación de los contrarios, desplegada en distintos momentos de su obra. Con una textura nítidamente simbólica y hasta alegórica, remite a la especulación metafísica e incluso a la práctica poética del autor. La felicidad sólo proviene de la salida del tiempo, de la verticalidad con que Marini mira al sol desde una isla griega entrevista en sus viajes sobre el archipiélago; sólo en el momento de la caída del avión se produce la reunificación de dos mitades de su ser que  logra la plenitud, la esencialidad. Otros cuentos,  como “Alina Reyes”  desarrollan igual tema.  El mismo libro contiene otro cuento extraordunario que incluye el símbolo de los dobles: “El otro cielo”. Allí el “sudamericano” alude abiertamente a Lautréamont pero también a Cortázar, cuyos ejercicios supratemporales van desde el Pasaje Güemes, en Buenos Aires, a la Galérie Sainte Foy y el Passage  du Caire, de nombres alegóricos.  El recorredor de galerías se refugia finalmente en la Galérie Vivienne, en la poesía, camino místico-poético de encuentro con la Realidad profunda, esa realidad donde reside el sentido. Podría esto interpretarse como una opción heideggeriana, atendiendo a lo dicho por el  filósofo: El Ser se patentiza en el lenguaje, en referencia, ciertamente, al lenguaje poético y no a cualquier tipo de lenguaje.

Una obra poco  conocida de Cortázar es  Prosa del observatorio.  Se trata de un relato  - disparado como otros por una coincidencia significativa,  diría Jung – que aproxima las fotografías tomadas por el autor en un lugar de la India,  y la noticia periodística de una migración de anguilas alrededor del globo. El sultán Jai Singh,  dueño del palacio que Cortázar visita y fotografía,  ya se había interesado dos siglos atrás por la periodicidad de las mareas,  y trató de propiciar su estudio mediante marcas y señalamientos;  la noticia leída en los diarios venía a rubricar la periodicidad de acontecimientos que apuntan a un orden secreto de la naturaleza a la que llama Cortázar  la “red cifrada”, el “alfabeto sideral  Este trasfondo permanentemente percibido fascina al poeta,  lo induce a un modo de Super-realismo que comporta un   deslizamiento hacia el Super-racionalismo. Es en razón de esta actitud que lo hemos considerado, desde 1963, como un lúcido representante de  la Razón Poética, proclamada porMaría Zambrano,  la pensadora española a la que visitó en su retiro de Suiza.

 

Para Cortázar el juego es acto de entrega y riesgo,  compromete la vida, es un ejercicio de la palabra en busca de lo absoluto.  Escribir es andar por la cornisa, recorrer un tablón entre dos ventanas; tentar el azar, provocar acaso a un desconocido  interlocutor,  el que dispone  los hilos de la trama. Es rozar  el misterio, alcanzar el Cielo de la rayuela que estamos obligados a recorrer.  Un "otro" aparece desafiado o cuestionado desde una dinámica que supone el movimiento hacia la unidad y su contrario: el doble compás de analogía y criticismo -empatía y extraposición, diría Bajtín- es característico de la actitud cortazariana. La unidad de que hablo se halla desde luego distante del universo laplaciano o de la metafísica clásica; es la unidad de un universo móvil, que parece caótico pero nos conmueve con el roce de un orden secreto y escondido: orden que pauta la migración exactamente repetida de las anguilas; orden que preside  la música, y la hace por ello más próxima al número de la realidad; un orden que el artista tiende a imitar sin que ello suponga egoísmo ni insensibilidad a los procesos históricos. Ese orden secreto prescribe los encuentros de Oliveira y la Maga, a despecho de la causalidad cotidiana. Son los intersticios, los instantes privilegiados de vivencia y comprensión,  incentivos para la reflexión  iluminadora.

 

Frecuentaba Cortázar la “zona” de Tarkovski, ese territorio de nadie, apenas divisado o experimentado en las epifanías.  Y se propuso, además de presentarla en narraciones ejemplares,  ahondarla a través de un trabajo teórico y crítico de rigor poco frecuente. .

 

Su obra entera   gira alrededor de la  figura del poeta-visionario que es su proyección más íntima, y que contiene la imagen del hombre total.  En ese sentido es generadora de un doble, contrapartida inexcusable de la conciencia escindida que, en momentos privilegiados,  alcanza la unificación plena en el sentido junguiano. El dialogismo de esos polos engendra la permanente movilidad de su discurso. Dobles son sus lenguajes, sus personajes, sus niveles de realidad y sus marcos de referencia filosófica; doble es también su ubicación histórica, desgarrada entre Europa y América, siendo Europa el lugar en que le tocó nacer y morir, y también el que eligió en la mitad de su vida, y América innegablemente su patria, a la que ofreció  su permanente compromiso y su más entrañable sentimiento. Acaso ese  rol de nexo entre dos polos sea una de las significaciones últimas de su obra..

 

Cortázar vivió en permanente acecho de la revelación, atento al sueño y al mito pero simultáneamente a los avances de las ciencias.  Su  objetivo era alcanzar la  conciencia cósmica,  el satori.   Es uno de esos pensadores de la aurora a los que María Zambrano llamó  futuros;  un  indagador del hiperespacio, ese territorio  metafísico  nombrado  metafóricamente como cielo.          Tal el sentido último de la aventura mítica, narrada en mil formas por la humanidad, que Cortázar supo comprender:   el cruce del umbral es la objetivación de un pasaje, el acceso al cielo de la rayuela.

Nihilismo, fin de la historia y la "resurrección de Dios"


Columna de opiñón por Sergio Fuster

    A pesar de la vorágine consumista y de los cambios tecnológicos y científicos, que se suceden con prisa y sin dilación, cada uno de ellos pareciera ser un giro sobre sí mismos. Una especie, si se me permite el término, de “eterno retorno de los mismo”, como diría Nietzsche si viviera, y como “voluntad de voluntad” tal como lo entendió Heidegger haciendo clara referencia al nihilismo contemporáneo. Sin duda, a pesar de la circularidad de la técnica y de la ciencia aplicada, una era perece estar dando lugar a otra, que  el inconsciente colectivo intuye y lo manifiesta en el pensar y en el sentir profundo del imaginario popular.
    Esta nueva era parece estar sugerida en el pensamiento y en la historia de Occidente desde la modernidad. Sin duda hubo constructores anteriores, que funcionaron como precursores de la noción de la historia con un origen y  con un final. El Antiguo Testamento impone esta idea de creación, redención y liberación. El cristianismo aporta lo suyo con sus apocalipsis y sus vaticinios del fin del mundo y el advenimiento de un milenio con Cristo-Rey como algo que esta a la vuelta de la esquina. Sino pensemos en Joaquín de Fiore con su Edad del Espíritu, en Colón con su evangelización a tierras lejanas para anunciar este final,  y la lista puede seguir indefinidamente.
   
    Ahora bien, la lenta pero inevitable caída del cristianismo en todas sus formas, las profecías incumplidas, el fracaso de los protestantes y grupos posprotestantes fundamentalistas, etc. etc., pareciera, así y todo que el imaginario humano desde la mágico no abandona esta idea de finalidad. Desde otro punto de vista, la mirada a Oriente en Schopenhauer y Nietzsche y el espíritu absoluto de Hegel intuyen un cambio de era desde una mirada racionalista. En Heidegger la historia de la metafísica encontró una interpretación última en la  materialización de la técnica y con ella, la filosofía occidental perece llega a su fin. Luego de la filosofía del Ser, se intuye en el pensamiento que siguió a la era atómica fue una posfilosofía. Auschwitz fue algo así como un paradigma sintético, la realización simbólica del racionalismo llevado a su terrible extremo, a su zona más oscura.
    Con la posguerra, vino una nueva mitología o un reciclado de lo mismo bajos nuevos ropajes como ser el temor a la amenaza extraterrestre como imaginario popular; sin embargo, la amenaza de una guerra atómica era y es una posibilidad real. En los últimos tiempos el conflicto con Irán y Corea de Norte nos retrotraen a Cuba en la década del 60. Esto, entre otros factores complejos, dio lugar a lo llamado posmoderno y junto con ello a la muerte sustancial de la filosofía –al menos tal como la conocíamos antes-, cuyos representantes como J. P. Sartre, con su nada atea, Foucault con teoría del poder y de la "muerte del hombre", con su genealogía e inversión de valores, Lacan con la ficción del yo y Derrida con la deconstrucción, mostraron lo último del filosofar occidental. ¿Acaso hay algo más? Bueno tal vez tendríamos que profundizar en la caida financiera de la eurozona, pero no es el caso.
   
  Curiosamente la idea noventista con la frase acuñada por Fukuyama plantea lo que todos intuyen y finalmente temen: “el fin de la historia”. Mientras las grandes religiones hablan del próximo fin del mundo, la New ege vaticinó el fin de la era maya para el 2012 o en el futuro posiblemente estén hablando del 2060 predicho por Newton y las profecías de San Malaquías o de Nostradamus con su Papa negro. Y esto en el marco de la renuncia de Ratzinger -que no pudo negar su relación con el nazismo-, que no deja de presentar especulaciones contradictorias.
   
   En esta época de la decadencia de Europa y los Estados Unidos como símbolo del fin de la era del capital neoliberal es patente la emergencia de todo tipo de especulaciones. Pero junto con ello, ha caído el pensamiento filosófico; esto es por demás  perceptible. La filosofía es devaluada, olvidada, llevada a los cafés bajo el ropaje de autoayuda. La felicidad y el sentido de la existencia,  son temas de moda para palear esta decadencia que hace aguas por todos lados en esta Gran Babel. Algo está muriendo, es cierto, pero también es igualmente cierto que algo está naciendo, aunque no se vislumbre con claridad lo que es.

  El fin de una época, en el inconsciente colectivo ya está ocurriendo, así como el nacimiento de un nuevo mundo. Entre un estadio y otro se ve la condición de la muerte del nihilismo, del pensamiento familiar, la destrucción de la literatura, al menos como la conocíamos antes, del autor, con los nuevos medios de comunicación virtual y escritos exprés, la decadencia social reflejada en las redes sociales, la pobreza de pensamiento y de contenido.
  
   Al margen de lo superficial, de lo neoliberal y del fósil marxismo como pieza de museo, distanciado institucionalmente de las universidades públicas y privadas, parece estar surgiendo un nuevo modo de pensar, o mejor dicho una reivindicación de un tipo de pensar ancestral. En el continente, en el marco de los neosocialismos emergentes en el siglo XXI, el interés por lo esotérico y la visión temporal chamánica, el retorno a la naturaleza, la reivindicación de un Cristo socialista, los estudios serios y no tanto de la religión, que hasta hace una década circulaban solo por grupos reducidos y hoy por hoy, parecieran acompañar indisolublemente a esta nueva etapa de América Latina. Centros culturales,  psicoanalíticos, científicos, espacios interdisciplinarios, etc., permiten estas propuestas en sus espacios como un modo de pensar integrador. Por otra parte, la filosofía, la poesía, la psicología, la psiquiatría y el “realismo mágico” literario parecieran estar dándole el rostro a estas nuevas opciones de lo arcaico bajo un nuevo ropaje. Esto sin duda es una resurrección de Dios, desde lo popular, desde lo académico, desde la literatura,  y desde todo tipo de disciplinas; hay un reverdecer de lo sagrado como nuevo modo de pensar el mundo, que se vislumbra colectivamente como una luz de esperanza para un nuevo pensamiento emergente de lo ancestral que promete dar una  estructura esperanzada al pensar del porvenir.