La Soledad de Hamlet y la Amistad con Horacio






 por Cristina García Oliver

La propuesta  esencial del presente trabajo es que olvidemos por unos instantes todo cuanto sabemos, o creemos saber, acerca del carácter del Príncipe Hamlet: - irresoluto, hiperreflexivo, hipersensible, incapaz de actuar, etc. – para seguirlo un poco en su primera aparición, en la Escena II del Acto I. Podríamos dividir la escena  en dos partes: la primera es la de la simulación y la mentira, y sus personajes principales son el Rey Claudio y la Reina Gertrud. La segunda parte es la de la sinceridad y el afecto verdaderos, y su protagonista, Horacio. Entre ambas se encuentra el primer soliloquio de Hamlet, cabal manifestación de su desesperación e impotencia. La primera parte de la escena es solemne, majestuosa, pero con algo de siniestro. Imaginémosla: en el salón principal del castillo de Elsinore,  está reunida la familia real, extraña familia por cierto: la madre – reina Gertrud; su esposo (y  nuevo Rey en lugar de su hermano, el viejo Hamlet, recientemente fallecido: Claudio), y el hijo  - sobrino, Príncipe Hamlet . Pero no están solos, sino rodeados por el Consejo de Estado, los embajadores en Noruega, el Lord Chambelán Polonio y su hijo Laertes; y  los lores del Reino. El nuevo Rey inicia la escena con una apología de su apresurada boda con la Reina Gertrud ; a continuación, luego de despachar  importantes asuntos de Estado y de interesarse por el viaje de Laertes a Francia, se dirige al silencioso Príncipe:
 “Y tú, Hamlet, deudo y también hijo...”
 
A lo que responde Hamlet:
 
                                   “Algo más que deudo y menos que hijo.”
 
            Numerosos críticos han llamado la atención  acerca del hecho de que la primera manifestación del joven Hamlet constituye un enigma o adivinanza, lo mismo que su carácter. Es difícil no compartir dicha apreciación, teniendo en cuenta además que en el original inglés se producen juegos de palabras intraducibles, particularmente en la aseveración de Hamlet. Para nosotros, lo esencial radica en el esfuerzo de Claudio por hacer que Hamlet se sienta su hijo; y en el explícito rechazo de éste a esa adjudicación. Tenemos pues a Hamlet solo, rodeado de gente, sí, pero solo ; aislado, extrañado – literalmente, vuelto extraño – respecto a quienes deberían ser sus más próximos ; vemos a un joven, en suma, confundido, perplejo, con dificultad para definirse a sí mismo. Tal perplejidad se encuentra en la base del permanente autoexamen que constituirá uno de los principales rasgos de su carácter. Con su reticencia, Hamlet provoca en Gertrud y Claudio una avalancha de reproches: ambos le recriminan su tristeza. Pero hay algo más importante: los dos tratan de convencer al Príncipe de que todo lo acaecido en Elsinore es perfectamente natural: apelan al orden natural.
 
            Dice Gertrud:
 
                                    “Sabes que es natural que muera lo que vive,
                                      que atravesamos la vida hacia la eternidad.”
 
            Hamlet no parece muy convencido:
 
                                     “Sí, mi señora. Sí...Debe ser natural.”
 
            Gertrud, con evidente impaciencia, le interroga de nuevo, introduciendo explícitamente la distinción entre “ser “y  “parecer”, que será otra de las preocupaciones centrales en Hamlet:
 
                                   “                                Si es así,
                                   ¿por qué te parece tan extraño? “
 
            Hamlet responde con su primer parlamento (hasta entonces se había limitado a asentir o disentir, con frases breves) acerca del “ser “y el “parecer “, parlamento de significado inagotable; pero en el que Hamlet expresa rechazo a la idea de que algo pueda ser diferente a lo que parece, o a la inversa; en términos morales, en suma, un rechazo a la simulación. El Rey Claudio hará a su vez un largo discurso llevando aún más lejos el argumento de su esposa: lo ocurrido en Elsinore, la muerte del viejo Hamlet (y por lo tanto, implícitamente, la  boda con su ex – cuñada y madre del Príncipe), no solamente está dentro del orden de lo natural, sino que el Príncipe, al persistir en su luto, está pecando contra ese orden, es decir, contra el cielo mismo. El discurso de Claudio resulta no solamente cínico, sino también siniestro: se ha consumado la total inversión del orden natural y por lo tanto del orden moral: los culpables son inocentes, y los inocentes, culpables.
 Esta primera parte de la escena se cierra con el desesperado soliloquio de Hamlet, que concluye:
 
                                             “¡Corazón, estalla ahora! ¡Detente, lengua! “
 
                        Palabras que retomará Horacio, el amigo, recogiendo el último suspiro de Hamlet al concluir la tragedia:
 
                                             “¿Así te rompes, oh corazón noble?...”
                                                                                                 Escena II. Acto V
                                                       
 La amistad de Horacio
  En toda la tragedia respiramos una atmósfera tensa, angustiada, opresiva. Con la entrada en escena de Horacio, Marcelo y Bernardo tendremos el único respiro – brevísimo – que se nos brinda.
El Príncipe Hamlet ignora aún las apariciones del espectro de su padre y saluda a sus amigos con verdadera alegría, si bien expresa la perplejidad acerca de su propia persona.
                                                        “                                Me alegra veros bien.
                                                        ¿Horacio? ¿O ya ni me conozco? ”
 
            Horacio se presenta como su “siervo”, pero Hamlet le ruega que lo llame “amigo “, del mismo modo que él se siente amigo de Horacio:
 
                                            “Mi buen amigo. Hemos de intercambiarnos esos títulos.”
 
            Hemos entrado en el ámbito de la amistad, de la sinceridad y de la reciprocidad; el Príncipe coloca a Horacio en una relación de igual a igual. Nos hallamos ante la única relación que Hamlet mantendrá,  profundizándola, a lo largo de toda la obra: la única relación sin recelos, sin segundos pensamientos. Hay dos factores fundamentales que marcan esta amistad: el Príncipe Hamlet admira a Horacio, lo admira por su ecuanimidad: probablemente vea en su amigo una condición de la que él no se siente poseedor (ecuanimidad significa igualdad de ánimo, ánimo parejo o estable). En este sentido, le  dirigirá un emocionado y emocionante elogio, en la escena II del Acto III (56 y ss.). Pero fundamentalmente, Hamlet siente por Horacio algo que no puede sentir hacia ninguno de los otros seres humanos que lo rodean: (incluida Ofelia): le tiene confianza. El otro hecho importante, fruto de lo anterior, es que Horacio es la única persona frente a la cual Hamlet jamás simula. Hemos señalado ya que esta segunda parte de la escena representa un contraste con la primera: sintetizando, podemos decir:
            - que si aquélla era el ámbito de la simulación, éste es el de la sinceridad
            - si en aquélla Hamlet estaba aislado, en ésta puede compartir: Horacio concuerda con él en que las bodas de Gertrud y Claudio fueron algo apresuradas
            - el contraste fundamental es que si en la primera parte se había intentado convencer a Hamlet de que todo lo sucedido en Elsinore pertenecía al orden natural, Horacio va a dar por tierra con ese intento, al revelar a Hamlet las apariciones del espectro de su padre.  También puede ser una dolorosa  misión del  amigo ser portador de malas noticias : en este caso, la de que nada es muy “natural” en Elsinore.  Horacio se convierte de esta suerte en el confidente, consejero y protector de Hamlet. En su carácter de consejero, formulará a Hamlet dos advertencias. Hamlet desoirá ambas, y ello significará el inicio de la acción trágica propiamente dicha; y el principio del desenlace. La primera advertencia se refiere a la inconveniencia de que Hamlet hable con el espectro a solas, y se produce en la Escena IV del mismo Acto I. Se tiene la sensación de que Horacio teme más que nada por la fragilidad de su amigo: concretamente, teme que enloquezca. Hay algo en este pasaje que recuerda a la tragedia griega: Horacio actúa como una especie de “coro” y Hamlet, al no hacerle caso, presenta casi por única vez en toda la obra, algo de “hybris”. Dice Hamlet:
 
                                                                     “                        El destino me llama
                                                                 y hace que cada una de las fibras de mi cuerpo
                                                      sea tan robusta como los nervios del león de Nemea”.
 
            Un Hamlet bastante decidido, como puede observarse, y con una gran confianza en su propia fuerza.
            La segunda advertencia que hace Horacio a Hamlet y que marca el principio del desenlace, ocurre en la Escena II del Acto V: le aconseja no aceptar el desafío de Laertes. Dice Horacio:
 
                                                                              “Perderéis la apuesta, mi señor”.
y ante la angustia confesa de Hamlet:

”Si vuestra mente recela algo, seguidla en sus impulsos. Iré hasta ellos para decirles que no vengan, que os encontráis indispuesto”.
 
                             Pero el héroe trágico ya está plenamente determinado.
            El resto, lo sabemos. Es silencio. Pero antes del silencio, las últimas palabras de Hamlet no serán ni para su madre, ni para el recuerdo de su padre, sino para Horacio. Y lo que le pide es que sea su testigo; que no se suicide, que viva:
 
                                                                           “...para que puedas contar mi historia”. 
Y luego:
 
                                                    “Dile también cuáles fueron las circunstancias
                                                      pequeñas o grandes para actuar así. ..
                                                      El resto es silencio “. 
            De este modo, el dulce Príncipe muere en brazos de su amigo. A él deja encargado que nos explique lo inexplicable: quién fue Hamlet.
 
 
Bibliografía
BLOOM, Harold : El canon occidental. Ed. Anagrama. Barcelona, 1995
GIRARD, René: Shakespeare: los fuegos de la envida. Ed. Anagrama. Barcelona, 1995
HAWKES, Terence (editor) “Coleridge on Shakespeare”. (en inglés) G.P. Putnam ´s  Sons , 1959
HAZLITT, William : The Round Table, characters of Shakespeare ´s Plays (en inglés) London, Every man ‘s Library, 1936
 
Para el presente trabajo se ha utilizado la Edición Bilingüe de Hamlet  del Instituto Shakespeare, en versión definitiva de Manuel Ángel Conejero y Jenaro Talens. Ed. Cátedra, Madrid, 1995