La risa de los Dioses





Por Cristina García Oliver

A mi hijo José Hernán Clucellas García Oliver, i.m.

En La República, Platón expone, en diálogo (¿ficticio?) con Adiamante, las razones por las cuales deben ser erradicadas las narraciones “ficticias” en la educación de niños y jóvenes. En los Libros II y III, el ataque se dirige concretamente a las tragedias de Esquilo y a los poemas homéricos, en particular la Ilíada. El filósofo se muestra preocupado por el contenido poco edificante de muchas de las conductas que asumen los Dioses y los héroes; y por el hecho, sin duda contradictorio, de que las divinidades buenas incurran en arbitrariedades y otras debilidades más que humanas.
Sin desconocer que el rechazo al antropomorfismo homérico constituye, quizá, un progreso en el plano religioso e incluso moral, produce cierta zozobra pensar que, de haber triunfado las teorías platónicas en ese aspecto, la Ilíada hubiera sido barrida del mapa, y también la Odisea, y todas las tragedias de Esquilo, excepto que, como no puede dejar de sospecharse, Platón hubiera conservado un ejemplar de cada una de ellas para su disfrute personal. Que es, naturalmente –y a menudo- lo que hacen y han hecho siempre todos los censores que en el mundo han sido.
Pero en el caso de haber subsistido las obras de marras, con las correcciones y podas recomendadas –exigidas- por Platón, probablemente hoy no las leeríamos. En efecto, en las listas de temas, tópicos y escenas típicas que Platón pretende eliminar se encuentran: -las descripciones del Hades como lugar triste, presentes en pasajes como el encuentro de Ulises con Aquiles (Homero Od. XI, 405-491), o las palabras de Aquiles cuando la sombra de Patroclo elude su abrazo (Il. XXIII, 103-104), ya que tales pinturas inducirán a la cobardía;
-También encuentra Platón bochornoso que el héroe Aquiles exprese tan libremente como lo hace su dolor por la muerte de Patroclo;
-el afán moralizante de Platón no se detiene ante hechos aparentemente tan inocentes como los banquetes: el hambre de los héroes le parece un mal modelo de templanza para los jóvenes;
-y se crispa aún más ante la descripción de Zeus dominado por la pasión amorosa en la maravillosa escena del Canto XIV de la Ilíada;
-tampoco está dispuesto a aceptar la risa de los Dioses:
“E inextinguible nació entre los dioses la risa cuando vieron en la sala a Hefesto afanándose tanto” (Il. I, 509-600) (1).
Al respecto, dice Platón, terminantemente: “No será admitida, por tanto, ninguna obra en que aparezcan personas de calidad dominadas por la risa, y menos todavía si son dioses” (2).
En síntesis, hasta aquí, se pretende prohibir la representación del miedo, el dolor (excepto en mujeres, y éstas de la más vil condición), la risa y el amor.
Con respecto a los Dioses en particular, Platón encuentra inaceptables su arbitrariedad; y el hecho de que induzcan a engaño a los mortales. Con lo cual se asestarían rudos golpes a la Ilíada: concretamente se cuestiona el célebre pasaje:
“…dos tinajas Zeus es el suelo fijadas tiene: repleta está la una de buenos destinos y la otra de males (Il, XXIV, 527-532).
Debería evitarse presentar a Palas atenea y Zeus instigando al troyano Pándaro a violar los juramentos y romper la tregua (Il., II, 68 y ss.): el pasaje en el que Zeus envía el sueño a Agamenon (Il., II, 1-34), y por supuesto todos aquellos episodios en los que los dioses aparecen tomando forma humana. En tal sentido, aunque Platón no lo cita específicamente, debería condenarse en particular aquél en el cual, con el expreso consentimiento de Zeus, Palas Atenea se le aparece a Héctor habo el aspecto de hermano Deífobo, y lo persuade de presentar combate a Aquiles. Tal hecho decide a Héctor, y constituye el principio del desenlace de todo el poema, siendo el momento en que Héctor advierte que ha sido engañado y que está solo y lejos de las murallas de Troya, uno de los momentos culminantes de la literatura universal.
De modo análogo, pretende Platón que no se represente la felicidad del malo y la desdicha del bueno, norma que, si hubiera de ser seguida por los poetas, terminaría con la poesía, ya que la esencia de ésta, como la de la vida, se halla fuertemente vinculada a la existencia de tales contrastes e injusticias.
Llegamos así al meollo de la cuestión: el filósofo también eliminaría la ira de Aquiles y su sed de venganza, pasiones ellas muy bajas para un héroe de su talla.
Cabe preguntar: ¿qué quedaría de la Ilíada sin la cólera de Aquiles? Como bien dice Kirk (3), una de las genialidades de Homero consistió en articular el poema en torno a un tema relativamente secundario: o sea, colocar en primer plano el conflicto individual entre dos personalidades: Agamenon y Aquiles, manteniendo el asunto más general de la guerra de Troya como una especie de telón de fondo. En otras palabras, habría que ver si la mera narración de las batallas masivas y los combates singulares, de los catálogos de naves y de jefes con sus respectivas genealogías, no resultaría un tanto monótono- pese a estar estupendamente lograda en términos de lenguaje, a través de las metáforas, los símiles, los epítetos, la vividez de las escenas siempre análogas y siempre distintas, como por ejemplo, las muertes de los guerreros.
En síntesis, todos los temas que provocan el escozor y el rechazo de Platón son los que hacen que los lectores de hoy y de todos los tiempos sigamos leyendo la Ilíada con renovada emoción, y si bien podemos resolver adoptar como lema para nuestra vida la frase:
“Calla ya, corazón, que otras cosas más duras sufriste…” (Od. XI, 15-20).
Seguiremos estremeciéndonos al leer las palabras de Aquiles a Apolo:
“Me engañaste, flechero, funesto entre todos los dioses, pero bien me vengara de ti si me fuera posible” (Il., XXII, 15-20).
En conclusión, la Ilíada, la Odisea, las grandes tragedias, no solo nos hacen gozar; no sólo hacen nuestra existencia más viable, más grata, sino que la hacen grandiosa, porque grandiosos, portentosos son los hechos de los dioses y de los héroes: derrochadores, magnánimos en sus risas, en sus amores, en sus banquetes, como también en su dolor y en sus cóleras. Resulta secundario que se trate de imitaciones de primero, segundo, tercero o cuarto grado. Felizmente, quizás, los dioses logran aún hoy engañarnos. Felizmente también, la buena ficción, la ficción bella se ha impuesto y sigue imponiéndose, no únicamente al chato y razonable realismo de los mediocres sino- lo que  es aún más extraordinario-, a los ocasionales, colosales errores de gigantes como Platón.
Notas
(1)   Las citas de los pasajes de la Ilíada y la Odisea son reproducción textual de las de Platón en la edición de la República indicada en la nota siguiente.
(2)   Platón, La República, Barcelona, Altaya, 1993.
(3)   Kirk, G.S., Los poemas de Homero, Barcelona, Paidós, 1985.