Literatura


 El Testigo
Por Cristina García Oliver

                                      Llegué a casa cansada,  del trabajo y la facultad. Había  una pila de ropa para planchar y otra para lavar, pero  no tenía ganas  de hacer ninguna de las dos cosas. Mucho menos, de cocinar. Faltaba un rato largo para que llegara Fabián. Me preparé  un whisky con hielo,  y me tiré en el sofá, frente a la ventana. Iba a prender la tele, pero resolví no hacerlo, el ruido constante y  los resplandores de la pantalla  me alteran un poco los nervios.
Entonces vi luz  en el departamento de enfrente, del otro lado de la avenida Coronel Día. No pude  resistirme a espiar. Es raro que haya luz allí, siempre está oscuro, frío y silencioso, como el mundo antes de empezar. Pero a veces, muy de vez en cuando, como esta noche, se enciende una luz. En general es mi vecina  de enfrente, la amiga de mamá, Delfina. Más raramente,   su marido, Marcelo. O su hijo. Pero ellos dos apenas pasan por el comedor. Delfina en cambio, suele quedarse  escribiendo hasta tarde. Nunca  los vi juntos cenando,  solos o con amigos.  
         Distingo  perfectamente, la silueta de Delfina, sentada a la mesa, frente a su laptop.
 
Siento algo raro, no sé por qué. Cuando nos mudamos,  le mandé varios mails diciéndole que íbamos a vernos, pero luego sentí, a pesar mío, cierto agobio, porque papá y mamá no aprobaron mi decisión de irme a vivir con Fabián sin casarnos. Son medio antiguos, los dos. Delfina,  me propuso  entonces que nos encontráramos  para festejar. Y hasta un día me llamó por teléfono y nos invitó a un asado en  su quinta. Supuse  que mamá se lo  había pedido. ¡Estaba tan loca por lo que consideraba una vida de pecado!  Me dio rabia que Delfina se prestara a algo así,  y le dije que íbamos al Tigre a buscar muebles para nuestra nueva casa.
 
Después, una vez le escribí o le envié  un mensajito  diciéndole que esa semana los iba a invitar a tomar algo. Pero no me contestó. Y las dos nos olvidamos. Ahora que la veo la llamaría, pero está muy concentrada, no quiero interrumpirla .
 
De chicos , veraneamos varias veces con ellos  . Bueno , no  fue exactamente así . Con ellos no , con Delfina y sus hijos , tres , que tenían más o menos nuestra edad.  Marcelo no se  llevaba bien  con papá,  y eso había hecho que durante muchos años mamá y Delfina   se vieran poco .  Sin embargo , mamá la nombró  madrina de mi hermano menor , así que  ella venía a casa  para sus cumpleaños ,  su comunión , confirmación y esas cosas .
        
La familia de Delfina tenía un campo en Tandil, y ella nos invitaba siempre que podía.
La última vez que fuimos, lo pasamos estupendo. El campo es lindísimo, con sierras . Había otros chicos; éramos  ocho, cinco varones y tres mujeres .  Hacía calor – era febrero - , así que estábamos mucho tiempo en la Pelopincho .  Luego, cuando refrescaba hacíamos caminatas y escaladas por las sierras. Íbamos a alguno de los monolitos que habían construido de  Delfina y sus hermanos . O a la cueva de la Urraca, que era una cueva en medio de la sierra .  Allí una supuesta urraca dejaba caramelos y chocolates .
Yo tenía cinco años , y nunca me llamó la atención que esas golosinas llevaran los mismos envoltorios y   etiquetas de las que se compran en cualquier quiosco . Eran muy frecuentes la Titas , los Nugatones – los preferidos de Delfina – y los bombones Ferrero Roché.
 
Alrededor de la mitad de nuestra estadía, llegó  un cura, invitado por  el sobrino de Delfina, el que administraba el campo. Mamá y Delfina discutían mucho con él , y decían que era un machista de porquería . Yo no entendía nada de eso entonces. Lo que recuerdo es que el cura daba misa todos los días , en el comedor de la casa, usando la mesa como altar . Uno de los chicos  tenía asma , y a esa hora, la tardecita empezaba a respirar  raro , y Delfina se ponía nerviosa, y mamá también , y se miraban. Yo no decía nada, pero me daba cuenta.
 
Una noche , ellas oyeron ruidos  y se levantaron. Mamá dormía en el cuarto del fondo , y Delfina en el primero a la derecha , justo al terminar la escalera . Las dos se encontraron, se chocaron casi, en medio del pasillo  . Entraron primero al cuarto llamado de las cuatro camas,  por las camas marineras. Allí dormíamos las tres mujeres : la hija de Delfina, Macarena, una amiga de Macarena , Carolina , y yo .
         Mamá y Delfina llevaban velas  en la mano-  la luz eléctrica se cortaba , relgiosamente, a las ocho de la noche- .  Mamá le dijo a Delfina “ Parecen los ruidos de la selva ” , que era el título de una película infantil. Yo la escuché porque estaba despierta. Uno de los varones tenía asma y ellas habían escuchado un silbido. A Delfina le hizo mucha gracia la ocurrencia de mamá . Cuando  entraron  al cuarto nuestro ,  se oyó un alarido  estremecedor , porque  con la vela, Delfina le quemó el pie a Carolina ,  que por el calor , dormía despatarrada y con la pierna afuera de la cama . Carolina ni se enteró, pero mamá y Delfina se  rieron tanto!!!!! Parecían chicas.
 
En  fin,  lo pasamos estupendamente .  
 
Ahora , Delfina se para y vuelve con una taza de té , debe ser , o de café , que pone a su lado en la mesa , junto a la laptop, sin parar de escribir. De vez en cuando , se ve que pierde el hilo  y mira para mi ventana , pero no me ve , porque no ve nada,  es re miope.  Le haría un saludo con la mano, pero estoy muy cansada… Cada tanto aparece Marcelo en el comedor , pero casi ni se hablan. O se hablan poco .
Otras  noches,   él ha entrado y le ha dicho algo , y un ratito después, ella se va con él . Pero da la impresión de que lo hace con desgano  , y vuelve al cabo de un  de un rato corto ,  y se sienta a escribir de nuevo.
 
Esta noche,   mientras  yo estoy  tirada en el sofá  saboreando mi  “ whisky on the rocks “, los veo  discutir . Los veo , porque , claro , no los puedo oír.  Lo deduzco de los movimientos , las idas y venidas , se adivina la brusquedad ,  la violencia . Él grita ,  y  ella también . Pero eso ha pasado muchas veces , y luego todo se arregla , así que yo no le doy  demasiada importancia. De a ratos , él desaparece  y luego regresa  y se tira en el sofá. Ella viene y se sienta a su lado  , como rogándole algo, y él se niega . Espero que suceda  lo habitua:  que al fin ella lo convenza y se vayan juntos a lo que imagino es la habitación  de los dos  .
 
Pero  la discusión sigue.  Se nota por los gestos y también porque a veces alguno de los dos – sobre todo él – desaparece  en el interior del departamento   y luego vueve .  Es  evidente que la cosa no queda zanjada y que siempre alguno –  con más frecuencia , ella – tiene   algo  para agregar .
 
Esta noche   es  distinta. La cosa vino fiera de entrada . Quizá ya estaban  cansados , los dos . Mamá me había dicho que no se llevaban bien, en realidad nunca se habían llevado bien. Mamá no lo quería nada a Marcelo . La cuestión es que me  pongo a mirar  . Y de pronto veo que él le encaja un cachetazo  .  En realidad, lo infiero  , - al cachetazo - porque ella queda con  la cabeza de costado , y la melena moviéndose, como  en medio de una ráfaga de viento.  Me incorporo  y  pienso si debo llamar a la policía  . Luego recuerdo que en estos casos no hay que meterse , las parejas se arreglan solas , estas cosas se arreglan entre las sábanas …
 
Delfina se sostiene la mejilla golpeada con la mano ,  incrédula y furiosa . Mira a su alrededor , como buscando un testigo , pero no lo encuentra , claro . Entonces reacciona con furia . Le dice algo , él  se encoge de  hombros . Ella se enfurece y le tira un patadón. Me entra frío. Es lo que dice mamá: el poder de ese hombre para poner frenética a Delfina. Que tiene su carácter sí, pero es buenísima.
Ahora estoy segura de que no debo llamar a la policía  . Tendría que decir la verdad , que ella también le pegó . Aunque es cierto que él fue el primero , pero después de todo ¿quién sabe lo que ocurrió antes , antes de que yo empezara a  mirar , antes de que vinieran al comedor? Quizás ella le pegó a él , esas cosas pasan . A veces la he visto tirarle de la ropa , como para que no se vaya , cuando él parece decidido a hacerlo. Por eso , no la entiendo , si está harta  ¿ por qué no se va ella,  o lo deja irse?
 
Me doy cuenta , avergonzada , de que son ideas machistas . La víctima convertida en victimaria . Además , un hombre no debe pegarle nunca, nunca  a una mujer , aunque ella le pegue a él .
 
Todo lo que veo me mantiene indecisa , entre apenada y curiosa , ¿cómo terminará aquello? Entones veo con horror que él le tira a su vez una patada mal , muy mal , porque ella se cae , se agarra el estómago , se retuerce  un rato y al fin se queda quieta. Con la cara mirando, desde el suelo , hacia donde estoy yo , en una muda acusación .
 
Tardo un rato en comprender que , o está desmayada o está muerta. Me pregunto qué hacer.
 
Recuerdo su insistencia por festejar mi mudanza , la invitación a su quinta, y ahora  advierto los detalles : un leve temblor en su voz . Y me doy cuenta de que estaba sola , muy sola , pero no lo hubiera admitido por  nada del mundo. Hay algo que no entiendo . Mamá me había dicho   que nunca la había visto mejor a Delfina; y lo atribuía a que su amiga había dejado la terapia. “ Tiene un psicólogo que es un tarado “ fue su comentario  exacto .  Mamá tiene opiniones muy definidas sobre todas las cosas .
 
Ahora sólo  sé que es demasiado tarde, demasiado tarde para ayudarla , para llamar a la policía . Debí haberlo hecho antes . Pero no lo hice.
 
Mientras tanto , Marcelo se ha puesto un sobretodo – es invierno  -  y ha salido de la casa , sin ocuparse de Delfina.  Me asomo más a la ventana, al rato lo veo caminando por la vereda, como me  imaginaba. Va al quiosco, a comprar cigarrillos  . Y  ahora ¿qué? ¿qué hará?
Quiere hacer creer que fue un ladrón , un extraño . ¿ Fingirá que la cerradura  ha sido forzada? Alguien que mata a una mujer indefensa, aunque ella lo haya  provocado, es capaz de cualquier cosa.
 
Y entonces , como un fogonazo , recuerdo  la voz de Delfina , implorante  en el teléfono , invitándonos a su quinta. Quizás, esa vez  también se estaban peleando , quizás ella tenía miedo y por eso me llamó . Quizás  necesitaba  solamente estar con alguien , hablar con alguien. Y  junto al recuerdo del  temblor en su voz , me viene el pensamiento más simple , el que hubiera-, pienso  ahora ,  cambiado la historia , toda la historia  - . Porque él la mató, de eso no hay duda . Y el pensamiento es que esa noche, esa misma noche ,  cuando empezó la pelea,  yo podría haberla llamado  a su casa- tenía el número en mi agenda - para invitarla a tomar un whisky conmigo . En todo el transcurso de la pelea – miro el reloj , habrá durado una media hora en total - , me sobraba el tiempo . Ahora, es tarde.
Aunque en realidad, pienso  luego , ¿  hubiera realmente cambiado la historia?
 
Casi sin darme cuenta , me acerco al teléfono.
Levanto el tubo y marco.
 
“ Mamá … “ digo , y no puedo seguir . Recuerdo los paseos a la cueva de la Urraca, la noche en que Delfina casi le quemó el pie a Carolina , las veo a ella y a mamá reírse hasta llorar, las oigo discutir con el cura porque es machista
“ Qué “ me contesta una voz adormilada.  En mi atropello había olvidado lo temprano que se acuestan mis padres.
“ No me voy a casar … nunca “ sigo.
         Del otro lado del aparato se levanta como un muro el silencio, el silencio condenatorio.
…Y comienzo a llorar “ Mamá , repito , mamá “ .